Este relato es uno de los que hice para el curso de escritura, que ya comenté que hice en mi otro Blog. Se trata de un relato de realismo sucio, si no tenéis idea de lo que es os animo a busarlo en Google, saber más nunca viene mal.
He elegido este relato para mi primera entrada porque supongo que si alguien me está leyendo aquí es gracias a la entrada que publiqué día 2 de setiembre en mi otro Blog En boca cerrada no entran gordas y curiosamente trata sobre una paciente con un TCA o ED, o AD como prefiráis, que está ingresada en un hospital. Más que un relato es una escena. Pero no pidáis de masiado, es lo único que he hecho sobre realismo sucio.
Abro
lo ojos y entonces soy consciente de que estoy despierta. Me pregunto si antes
de abrir los ojos ya llevaba un rato sin dormir. Pero escucho el toc-toc de cada mañana en la puerta de mi habitación y
olvido lo que fuera que me estaba preguntando. Me destapo y me levanto de la
cama. Todo se vuelve borroso. Vaya, ya me he vuelto a marear. Me siento de
nuevo en la cama mientras la enfermera chilla desde detrás de mi puerta. Espero
a que se me pase el mareo y me dirijo hasta ella. Abro la puerta y la enfermera
me mira de arriba abajo. Me siento incómoda y agacho la cabeza para evitar ver
sus ojos. Siento frío por todo mi cuerpo. Tengo la piel de gallina. La
enfermera me coge la mano y empieza a
andar. La sigo con dificultad a través de los pasillos hasta llegar al salón
donde los otros pacientes como yo hacen cola. Me suelta la mano y se va. Alzo
la cabeza y observo el salón. Casi todas son chicas jóvenes. Reconozco a
algunas compañeras de terapia pero no saludo. Nadie saluda. El ambiente es
tenso y el silencio es total. Van llamando a los enfermos, entonces unos entran
en la consulta y otros salen. La cola se va acortando. Cinco personas y después
será mi turno. Siento mi corazón acelerándose. Cierro los ojos y escucho cada latido.
Entonces se oye mi nombre y abro los ojos. Me toca. Camino con desgana mirando
el suelo. El médico me sonríe y me hace una señal para que vacíe mis bolsillos.
Le digo que no llevo nada encima pero aun así se acerca para comprobarlo.
Después de que registre toda mi ropa me subo a la báscula. Primero un pie,
luego otro. Mis ojos están clavados en la balanza. El doctor me dice que me
baje. Su voz es una mezcla de decepción y tristeza. Mira hacia la silla que se
encuentra delante de su escritorio y me siento en ella. Él también se sienta,
pero enfrente. Junto a él hay un ordenador. Mueve el ratón lentamente. Luego
sus manos se acercan al teclado y empiezan a moverse con más agilidad pero aun
así seguras. Aparta la vista del ordenador y me mira. Yo vuelvo a bajar la
cabeza y me quedo mirando mis piernas. Mis muslos parecen más grandes en
contacto con la silla. Cierro los ojos y los vuelvo a abrir lentamente. Estaba
pensando en cuánto tardaría en dejar de mirarme pero ahora solo puedo pensar en
cómo mis muslos se ensanchan cuando me siento. Después de un rato de silencio
el médico me habla. Yo ya sé lo que me va a decir y no le presto mucha
atención. Estoy concentrada pensando en cómo conseguir que mis muslos no
parezcan tan grandes. Una enfermera entra en la sala y le dice al doctor que
llevamos demasiado tiempo. Se levanta y con él me levanto yo. Estoy deseando
salir de allí.